jueves, 25 de marzo de 2010

Un lugar cualquiera

I- La noche-mañana.

Entre las ocho y las doce de la mañana es de noche y si no fuera por el peso de los libros en el bolso no podría distinguir si voy a un bar o a la universidad. El humor de la mañana es incierto hasta el saludo de Paco que tiene un efecto de alegría inmenso en mí. El resto del trayecto continúa con esa emoción. El 14 no tarda nunca, y cuando tarda el 32 lo reemplaza con la misma fidelidad que una página sigue a la otra. Hasta tomar el tren hay dos golpes concretos y cortos de frio. El primero al salir del edificio, este no es el mas terrible, todavía se conserva el calor del café y el saludo de Paco esta en su punto mas álgido de transmisión de alegría. El segundo son los dos o tres metros que separan la parada del bus del Metro estación: Atocha Renfe. Las quince cuadras en el colectivo ya lograron que un poco del frio helado de Europa se meta por el sobretodo y empiece a despabilarte. En el colectivo se ven tan sólo unas caras jóvenes y el resto, sexagenarios abrigados a la perfección con destinos imposibles de adivinar. La mayoría lee. Son a penas tres pasos desde el mismísimo escalón del bus hasta la escalera del Metro, pero el frio que empuja para adentro y las personas atolondradas, como animales recién sueltos, por salir a la calle que empujan para afuera, generan un choque, justamente, helado. Una vez adentro del túnel del Metro, el segundo golpe de frio y la oscuridad mayor o la artificialidad de luz, vuelven a dar fuerza a la idea de todavía es de noche, muy de noche. En ese entorno el saludo diario del hombre que toca la flauta sentado en el piso contra la pared del pasillo es fundamental para no perder el sentido de la orientación. Cada día me convenzo mas de que soy el único que responde a su “Buenos días”, aunque por el frio y ser las primeras palabras del día, dudo que escuche mis “buenos días” entre dientes y casi dicho para adentro. Al final del pasillo de unos 100 metros adornado con tiendas varias, tanto de electrónica como de ropa, se dobla a la izquierda y de ahí, dos escaleras mecánicas hasta llegar a la plataforma. Ya desde la primera se pueden ver los avisos: Vía 5 “Alcobendas S.S. de los Reyes”, o Vía 6 “Colmenar V.” (que como resultara obvio para los locales significa “colmenar viejo” y no “colmenar quinto”). Si las letras están en naranja se puede bajar al ritmo de la escalera, si las letras en cambio van en rojo hay que correr. Cosa que rara vez hago, ya que si no es en la vía 5 o en la 6, se que mas de cinco minutos no voy a esperar otro tren que en su destino incluya parada en Canto blanco, precedida por Fuencarral, Chamartín, Nuevos Ministerios, Sol y Atocha, donde yo subo. En el tren se puede leer ADN, ACB, 20M, o cualquier otro de los periódicos gratuitos que abundan en los asientos. A parte de leerlo, los más desinteresados del resto de las miradas lo usan para evitar el frio del asiento, es decir, se sientan en el. Yo prefiero esperar hasta el ejemplar gratuito de “El País” que me espera en el pasillo de la universidad, y que a mucho placer voy a leer entre café y café en el bar, o en el pasillo, en una escalera o en la biblioteca, y a veces en todos los lugares puesto que muchas veces hay más de un café. Los miércoles, por ejemplo, uno entre las 10 y las 10.30, otro entre las 14 y las 15, y uno más a las 17.35.

Pero volviendo al tren, como decía, mi lectura en el tren de la mañana la ocupa novelas, la mayor parte de las veces, y las menos, algún libro de filosofía. La última novela le corresponde a Bolaño, y se le suma un libro que nunca termino de comenzar de leer de cuentos cortos de Juan Benet; los de filosofía varían entre las Meditaciones Cartesianas de Husserl, o La seducción de la cultura alemana de Lepenies, también podría ser El miedo a los barbaros de Todorov o en las antípodas del género España Invertebrada de Gasset.

Los muchos metros de profundidad de la estación Atocha y los muchos túneles por los que corre el tren es lo que más contribuye al efecto de “nocturnes” de todas mis mañanas. Las caras de las personas entre ojerosas y despabiladas bien podría significar el comienzo de la noche como el comienzo de la mañana. En mi casa particular no significan nada, ya que me acompañan tanto de noche como de día, según la fortuna con la que decida aparecer el sueño a la hora que aparezca. Ahí voy yo entonces con ojeras de trasnochado o de amanecido, sumergiéndome en el libro hasta olvidarme del ruido y las personas y la oscuridad, hasta el punto de mezclar la realidad del tren y de la mañana-noche con la del libro, con lo cual mi tren bien puede salir de Madrid, pasar por la estación St. Paul o por Juramento, para finalizar el recorrido en Hyde Park. Todo esto sucede con una realidad tal que si en la pagina 211 se describe una mañana soleada y calurosa, bien puedo empezar a tener calor y aflojarme la bufanda. Por el contrario si en la pagina 142 Manuel Espinoza camina por las calles de Barcelona en una noche invernal, siento como se redobla y ahínca con mas profundidad el frio matutino de Madrid en mi garganta. Pero todo la seudo-irrealidad novelística que ficciona mi hiperrealidad tiene un final. Entre las estaciones Atocha, Sol y Nuevos Ministerios, no hay mayor distancia que unos 2 o 3 minutos, todo bajo subterráneo oscuro oscurísimo, pero entre Nuevos Ministerios y Chamartín sucede algo maravilloso: entre el desconcierto de la rutina novedosa, de las luces y los ruidos extraños, de las palabras desconocidas y los acentos inciertos, del movimiento sigiloso del tren por las vías, de los paisajes en proceso de familiarización, entre los 30 segundos que me detengo a acomodar el sobretodo de manera tal que no toque el piso pero que tampoco moleste sobre las piernas, entre las 12 paginas que llevo leídas desde que comenzó ese viaje diario, la sensación es una sola en constante profundización. El asiento del vagón se asemeja cada vez mas a un banco de plaza, o a una silla de café, y el aire se asemeja mas al de cualquier calle y cualquier parque en cualquier parte de México, y cuando uno acaba por hundirse en esa sensación de desvanecimiento del entorno, como si quedara sólo el libro y la conciencia del trayecto a la facultad leyendo el libro, se produce la fractura. Se termina el túnel y entra una luz enceguecedora imposible de describir en imágenes, baste con decir que se puede escuchar el ruido de los ojos que hacen fuerza tratando de cerrarse a la luz. El enceguecimiento viene acompañado unos segundos antes por un incremento de la velocidad del tren que empieza el trayecto hacia las afueras de la ciudad. Por tanto la sensación es doble, por un lado en el cuerpo y por el otro en la percepción del entorno. En ese momento que dura tan solo una fracción de segundo, la noche-mañana se destruye por completo, y en su lugar aparece un no-lugar. Un campo verde y amarillo extensísimo en el medio, a un lado, una ciudad modernosa y edificante llena de luces, al otro, una montaña impasible, nevada y soleada; en ese segundo anterior a que el sol llene el vagón e ilumine a la gente y los diarios y los portafolios, y las caras de existencia laboral ajetreada y de preocupación familiar y de responsabilidad estudiantil y de etc., en ese según uno siente que puede estar en cualquier parte del mundo, la próxima estación, realmente puede ser Frankfurt.

Las mañanas son una fantasía. Un andar noctambulo, de la consistencia de un sueño, leve, poco densa, que se esfuma al agitar la mano y un despertar brusco, fuera del tiempo y el espacio que te revive y sitúa en una ciudad del mundo completamente nueva todos los días. El hiper-sueño y la hiper-realidad, tienen lugar, ni más ni menos, que entre Nuevos Ministerios y Chamartín, a la salida del túnel.

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